Profesorado

 
Alexandra Vraciu, Responsable de formación
 

Ya llevo más de una década enseñando inglés en distintos países europeos y acompañando a alumnos con perfiles diversos, más o menos jóvenes, más o menos interesados por los idiomas, más o menos constantes. En todos estos años, he tenido la gran suerte de no haberme acostumbrado a la rutina: he podido experimentar con los formatos de clase, desde clases por teléfono para directivos y empresarios hasta ponencias en anfiteatros llenos de estudiantes; he conocido formas de enseñar distintas, unas más “clásicas”, con mucha gramática, y otras más “post-modernas”, con mucha conversación y juegos, y pocos ejercicios de “rellenar huecos”. También he aprendido que, como profesora, no puedes ir por delante de tus estudiantes, a mucha distancia, porque un día te das cuenta de que caminas sola. Y también que, si un día no puedes avanzar como lo habías planificado, tienes que aceptarlo y adaptarte al ritmo de los estudiantes, no a un programa de curso.

Cuando empiezas a enseñar crees que, si eres una buena profesora, podrás cambiar el mundo. Y por “buena profesora” normalmente se entiende el conocer bien tu materia y ponerle mucha pasión. Esto sin duda es cierto, y diría que indispensable, ya que el profesor ha de poder ser un modelo para sus estudiantes. Pero al cabo del tiempo te das cuenta de que con esto no basta y que, aun con todos tus conocimientos y esfuerzos, los estudiantes no siempre aprenden y tú no los puedes cambiar. Entonces empiezas a no dormir por las noches, a buscar en los libros de metodología, a preguntar a otros especialistas qué podrías hacer. Las respuestas evidentemente dependen de la realidad de cada estudiante o grupo de estudiantes, y no siempre funcionan. De hecho, pocas veces lo hacen.

Creo que esto pasa porque, de tanto buscar en los libros, no nos acordamos nunca de preguntar a los estudiantes. En todos estos años como profesora de inglés he entendido que ser un buen profesor significa también saber escuchar a tus estudiantes. Son ellos quienes nos dirán qué debemos hacer para que puedan aprender mejor. Con esto no quiero decir que debamos hacernos amigos o compañeros de nuestros estudiantes, ni que demos clases a la carta. Para mí, escuchar a los estudiantes quiere decir adaptar nuestro paso al de la clase y tener una actitud abierta ante los posibles escollos o cambios de dirección. Dejar de lado los libros y pasar un rato explicando aquello con lo que no preveías “perder” más de diez minutos. Porque, queriendo acabar con un programa de curso, al final acabamos con las ganas de aprender inglés de nuestros estudiantes.

Si quieres saber más sobre mi puedes visitar AlexandraVraciu.com.